Cuento
Soren despierta junto a su esposo Otaola poniendo en su teléfono la canción que entre sueños repetía en su cabeza. «♪♫No es que no te quiera, es que te necesito lejos…♬♪» Él la abraza, le da un beso de buenos días y la observa con sus grandes ojos negros. Ella no responde, está ausente, perdida en sus pensamientos. Se levanta, camina hacia el baño, prende la regadera para llenar la tina y sumergirse. Después de algunos minutos Otaola se desnuda y suelta su largo pelo negro.
Después de lo sucedido con Patricio, su novio, Soren sentía la frialdad del agua, que se contradecía con el vapor que salía de la tina, un humo líquido que le nublaba todos los pensamientos, mientras su rostro goteaba con ojos vidriosos.
Lloraba mientras la salpicaban las imágenes de la fiesta del día anterior. Veía a Patricio enrojecido por el alcohol y recordaba la sensación de soledad que aún siente atorada en el pecho, y que la invadió durante toda la fiesta, por el abandono de él. Pues en toda la noche estuvo ausente, encerrado dentro de la casa, y ella afuera en la fiesta, sin conocer a nadie. Patricio sólo salió para tocar con su banda de rock y después se volvió a encerrar adentro. Le venía a la mente la imagen de esa chica con la que Patricio se encerró en uno de los cuartos, cuando ella logró encontrarlo.
«♪♫Haz vuelto a desaparecer/ pareces que te escondes/huyes de mis brazos/ y ya no me respondes…♬♪»
Observó el rostro de Patricio con la mitad de la cabeza rapada y del otro lado el pelo largo cayendo sobre su rostro que le cubría uno de sus ojos claros.
—No —le gritó Patricio, con el rostro fruncido y tenso. Pero no dijo más, ya que alguien se acercaba, entonces le dio un beso en la boca, la empujó, volvió a meterse al cuarto y cerró la puerta dejándola sola con esa gente desconocida.
Ella insistió en manejar de regreso. —Estás pendeja —le dijo y la tiró al piso. Subió al coche y arrancó, Soren sólo pudo apresurarse a subir del otro lado. El silencio en el coche era mejor que los gritos de Patricio. Manejaba a toda velocidad por la carretera oscura, embriagado por el alcohol y cegado por la ira que le enrojecía aún más el rostro.
Ella se tragaba el miedo y se comía el llanto. Sabía que cada lágrima podría significar un golpe, un puñetazo en su rostro.
Patricio aumentaba la velocidad conforme avanzaban. Soren sentía una opresión en el pecho al ver como las llantas iban mordiendo el acotamiento. Cada curva en el asfalto era un abismo que conducía a la muerte. Sólo le hablaba para indicarle que se estaba saliendo de la carretera. Él volvía al camino mientras gruñía. La tensión obscura llenaba toda la atmósfera. La oscuridad ocupaba todo el camino, perdiendo sus bordes en la noche.
Llegaron a una zona de curvas, él las tomaba a gran velocidad, Soren trató de aguantarse, pero el miedo la impulsó a decirle que bajara la velocidad. Con un quejido él disminuyó un poco. En la siguiente curva, no logró controlar el auto, Soren empujó el volante hacia la izquierda, mientras observaba el costado del coche golpear contra la maya de contención de la carretera. Lograron mantener el coche en el camino y Patricio se detuvo.
—¡Eres una estúpida! —dijo descendiendo del auto en la oscura noche. Caminaba tambaleante y de vez en vez veía hacia el oscuro cielo, en silencio.
Soren temblaba asustada dentro del auto recordando varias escenas donde él la golpeaba, en eso vio las llaves que estaban pegadas, las tomó y salió del auto.
—Vámonos —le grito y subió del lado del conductor, encendió el auto y arrancó, a Patricio sólo le quedó subirse. Al llegar a su casa, ella se bajó de inmediato, pero Patricio le alcanzó y la empujó, tirándola al piso.
—¡Me caga que nada más me estés jodiendo la vida! —estalló mientras subía al auto, y regresaba a la fiesta.
Patricio la había agredido tantas veces mientras le daba besos, que ella confundió el dolor con el amor.

Al ingresar a su casa, decidió entrar en el baño para calmarse, no quería que su esposo se enterara de lo sucedido hasta el día siguiente. Después de media hora salió del baño, entró en su cuarto y se acostó en silencio junto a su esposo que dormía profundamente. El resto de la noche se la pasó inquieta, dando vueltas en la cama, sin poder dormir, aguantándose las ganas de llorar.
Al despertar se repetía como mantra la letra de esa canción: «♪♫No es que no te quiera, es que te necesito lejos…♬♪» para convencerse a sí misma de dejarlo, de no regresar jamás con él.
Otaola entra al baño escuchando el llanto de Soren. El miedo se le instala en la piel. Se mete a la tina y Soren al verlo, le cuenta todo lo ocurrido la noche anterior. Mientras ponía atención se acordaba de cada ocasión en que tuvo que apoyarla por algún problema con Patricio. Él siempre la escuchaba, la abrazaba o le daba algún consejo mientras ella lloraba. Sentía una mezcla de enojo y tristeza que le oprimían la boca del estómago. Tenía ganas de irle a romper la cara a Patricio.
Tomó una respiración profunda para calmarse y se agachó para colocarse por detrás de ella, abrazándola mientras la acaricia para calentar el agua fría, que sigue escurriendo por todo su cuerpo.
«♪♫Déjame verte llover
Déjame besar tu piel…♬♪»
Arturo Llamas